LUGARES SAGRADOS


El pianista inexplicable


UN hombre empapado caminando junto al mar bajo una lluvia torrencial. La policía lo detiene pero no puede hacerlo hablar: el hombre parece no conocer ni su idioma ni ningún otro. Es internado en un hospital donde a alguien se le ocurre acercarle un papel, y el hombre, alto, con una mirada de desamparo antológica, de unos treinta años, dibuja la bandera sueca y, con exquisito detalle, un piano. Hay un piano en la capilla del hospital y unos médicos lo conducen hasta allí. El hombre se transforma en otro. Todos sus miedos y sus ansiedades quedan atenuados cuando se sienta ante el piano y comienza a interpretar una pieza de Tchaikovski y otras piezas que los que le oyen no reconocen (intuyen que él es el compositor de esas piezas, pero no lo pueden asegurar). De hecho cuando le vuelven a dar papeles, el hombre los utiliza para dibujar pentagramas y escribir composiciones que luego guarda en un plástico. Sigue sin hablar, son ya cuarenta días los que lleva sin hablar. Sigue teniendo miedo a la presencia de cualquiera, y sigue transformándose cuando lo llevan ante el piano.

Los médicos y la policía deciden que lo mejor es publicar la impresionante, maravillosa historia de este hombre acompañándola de un par de fotografías: buscan a alguien que lo conozca, no ha podido caerse del cielo, no ha podido salir del mar como si nada, tiene que tener un pasado. Las sospechas son muchas. Cuando lo encontraron iba vestido con un traje elegante al que le habían arrancado las etiquetas: igualmente los zapatos no llevan marca. Todo parece ideado -por él o por otro- para que el enigma fuera su seña de identidad esencial. Neurólogos que lo examinan a distancia piensan que está fingiendo: sólo es un extranjero que quería notoriedad y se ha hecho pasar por esquizofrénico en estado de shock. Otros dicen que es epiléptico. Debe ser, dice alguien, un extranjero que no necesite de papeles, claro, porque en ese caso la notoriedad le impediría pasar desapercibido y conseguir los papeles necesarios.

La policía se pone en contacto con orquestas del Este de Europa. Nadie le conoce. En el resto del continente tampoco hay noticia entre los que integran la profesión. Pero ha tenido que aprender a tocar en algún conservatorio, con algún maestro: un virtuosismo como el suyo necesita de un montón de años de lastimarse los dedos contra las teclas del piano. Un polaco, actor callejero que vive en Roma, asegura haber vivido un mes con el enigmático pianista: gastaron las calles de Niza con sus números. Pero enseguida es desmentido, a pesar de que es capaz de describir perfectamente la casa en la que se alojaron y la calle de Niza donde está esa calle: al parecer lo está confundiendo con otro tipo idéntico, pues todos tenemos un doble según reza una conocida leyenda urbana.

La foto, publicada en todos los diarios del mundo, ocasiona un vértigo de explicaciones y sospechas, de preguntas que no se pueden responder más que con intuiciones o versiones regidas por la razón y la enseña «piensa mal y acertarás». Desde la que quiere que el tipo se arrojara de un barco con todo premeditado -para conseguir la notoriedad que obviamente ha conseguido, siguiendo un guión planificado escrupulosamente que por fin obtuvo la compensación de haber sido notificado al mundo entero- a la que asegura que el shock que padece no es fingido, sino producto de una experiencia traumática que le ha provocado una amnesia parcial -la que le impide hablar pero no recordar colosalmente sus propias composiciones. Esta última versión puede empujar a pensar que el tipo no lo tenía todo planificado, pero que en cualquier caso quería desembarcar ilegalmente en Inglaterra y ha sido favorecido por las circunstancias para olvidar su procedencia y todo lo relacionado con el pasado.

Por mi parte, desde que me enteré de la historia, estoy pensando (en realidad es sólo una esperanza) que se trata de un extraterrestre, alguien que viene de otro mundo, no sé a decirnos qué, alguien que ha sido abandonado por una nave espacial que repostó en el fondo del océano y se ha quedado aquí, varado, en un mundo extraño, lleno de batas blancas, sólo a gusto cuando se queda a solas con su música, con la que trata de llamar a los suyos.

Ya sé que les parecerá disparatado, pero necesito creer en los ángeles y en las historias maravillosas. Necesito creer que no nos está tomando el pelo. Y sobre todo, necesito que pasen cosas que no tengan explicación, que no puedan ser asaltadas por la razón que determine una voluntad humana que, detrás del asombro conseguido, convertiría la magia en mero truco. Porque las explicaciones de los neurólogos o de los británicos quisquillosos que creen que es un inmigrante que desea que se le regale la estancia en el primer mundo, me parecen de una pobreza alarmante: seguramente están mucho más cerca de la verdad que mi versión, pero también convierten una historia maravillosa en pura calderilla, un nuevo episodio de picaresca humana, de la necesidad de alcanzar fama -ese ser alguien en el que al parecer ciframos todos nuestros esfuerzos para redimirnos del peso insoportable de no ser nada, nadie-, de la necesidad de que se hable de nosotros.

Supongo que el asunto se resolverá y se resolverá pronto, que un generoso vecino de una aldea Lituana dirá: yo le conozco, sí es pianista, pero también es un listo que les ha tomado el pelo. O un viejo profesor de piano susurrará a un micrófono: Bendito Vasily, se escapó hace tiempo, no podía soportar la situación, aquí, sabe usted, la música ya no interesa a nadie. O el propio pianista hablará un día y dirá mirando fijamente a una cámara de televisión, tergiversado el desamparo de sus ojos en puro y radiante cinismo: sólo soy un artista al que nadie le hacía caso y mediante esta performance quería atraer sobre mí las miradas que hasta ahora nadie me había dedicado. O un equipo de neurólogos le hará hablar con un montón de cápsulas para extraerle cualquier explicación que aniquile su misterio. No soportamos lo inexplicable. No soportamos aquello que la tradición no ha conseguido cifrar en un cuentecito -porque manda cojones que podamos creer en que alguien hizo de la nada todo lo que existe en siete días y no podamos creer sencillamente que este pianista no es un impostor. Este pianista es, aun, un personaje de un colosal cuento de hadas. Escribo esto un miércoles a las doce de la mañana. A mi alrededor nadie apoya la teoría del extraterrestre, el ángel, la criatura inexplicable. Da igual. Tal vez cuando se publique este artículo, el cuento de hadas se haya convertido en un capítulo más del Lazarillo de Tormes, y se haya demostrado que el pianista era un impostor. Ojalá que no. Ojalá que nadie nunca le encuentre explicación. Que ese hombre con la mirada más desamparada que yo haya visto en mucho tiempo, no sea nadie, siga sin nombre durante mucho tiempo, no sea más que un pianista surgido de las aguas, que vino para no decirnos nada, sólo para tocar unas cuantas piezas, sin etiquetas en el traje, sin nombre y sin idioma y sin pasado, sólo como una cosa viva inexplicable que ni siquiera se atreve a ser metáfora de nada, que es sin más una historia maravillosa contra todas las explicaciones razonables con las que tratamos de cercar nuestro asombro y nuestra perplejidad.

Autor: JUAN BONILLA
Medio: SUR DIGIT@L
Fecha: Viernes 20 de mayo de 2005
Notas: © Copyright Diario SUR Digital, S. L.
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